¡No me salgan con esas! Me llegan muchísimos mensajes de gente talentosa, con estudios, con experiencia, pero que a la hora de pasar el presupuesto les tiembla la mano. Sienten un hueco en el estómago y terminan cobrando tres cacahuates por un trabajo de primer nivel.
¿Saben cómo se llama eso? Síndrome del impostor. Esa vocecita que les dice: «¡Ah, caray! Ni que fuera para tanto, esto cualquiera lo hace». ¡Mentira! Si fuera para tanto, el cliente lo haría solo y no te estaría buscando a ti.
1. No cobras por el tiempo, cobras por el conocimiento
Muchos me dicen: «Gianco, es que me tardé media hora en arreglar el problema, ¿cómo le voy a cobrar tanto?». ¡Qué torpe soy!… Si lo que le estás cobrando no son los 30 minutos de hoy, sino los 10 o 20 años que te tomó aprender a resolverlo en media hora.
El cliente te paga para que tú le ahorres tiempo, errores y dinero. Eso vale, y vale mucho. Dejen de medir su valor por el reloj y empiecen a medirlo por el resultado.
2. El dinero no es «sucio», es un intercambio de valor
Tenemos unas ideas bien raras en la cabeza. Sentimos que si cobramos bien somos unos «abusivos» o unos «rateros». Cobrar lo justo es un acto de respeto hacia ti mismo y hacia tu profesión.
Si tú haces un trabajo excelente que le genera un beneficio a alguien más, lo más sano del mundo es que recibas una compensación justa. El dinero es energía: si tú das calidad, lo justo es que recibas abundancia. No le estás robando a nadie; estás cerrando un trato ganar-ganar.
3. Si tú no te valoras, el mercado te va a pisotear
Miren, se los digo de corazón: el cliente que más regatea es el que más exige y el que menos valora. Cuando tú cobras barato por miedo, atraes a gente que no respeta tu trabajo.
Cobrar bien es un filtro. Cuando pones un precio que refleja tu valor, el cliente entiende que está contratando a un profesional, no a alguien que está «jugando a la oficina». Dejen de pedir permiso por tener éxito.
¡Ya dejen de hacerse menos!
La próxima vez que vayas a mandar una cotización y sientas esa tentación de bajarle el precio «para que no se espanten», detente. Respira hondo y acuérdate de todo lo que has invertido en tu formación, en tus herramientas y en tu tiempo.
Tener finanzas sanas empieza por saber generar ingresos dignos. Si no cobras lo que vales, nunca vas a poder ahorrar, ni invertir, ni tener la vida que quieres. Te vas a quedar siempre en la sobrevivencia por puro miedo al «qué dirán».
Si tú crees que tu trabajo es un robo, el primero que se está robando su futuro eres tú.
Y como siempre les repito: «No es más rico el que gana más, sino el que sabe gastar… ¡y el que sabe cobrar!».